Pablo Molina Guerrero

Escritor y cineasta. Estudiante del Magíster en Literatura (Universidad de Playa Ancha). Diplomado en Escritura Creativa (Instituto de Arte PUCV). Diplomado en Historia y Estética del Cine (Escuela de Cine de Chile). Ha publicado el fotolibro «El eterno retorno» (Corazón de hueso, 2024) y el libro de poemas «Asfalto» (Autopublicación, 2021)

Publicada el 12-01-2025

Ruinas del hoy en Only Lovers Left Alive de Jim Jarmusch

Si bien la figura del vampiro se ha usado durante varias décadas en el cine como la representación del mal o de la muerte, desde —más o menos— los años noventa del siglo XX que se les ha ido caracterizando con un mayor abanico de emociones u otras características, para que dejen de ser el monstruo y pasen a ser un otro. Jim Jarmusch ocupa el tópico del vampiro en Only Lovers Left Alive (2013) para hacerlos pasar por seres melómanos y nostálgicos, perdidos en un otro tiempo en el que habitan y al que compadecen, mientras buscan sobrevivir refinando sus técnicas de alimentación y tratando de adaptarse a los cambios de una sociedad de capitalismo neoliberal.

 

Alrededor del minuto 45 del filme, Adam (Tom Hiddleston) y Eve (Tilda Swinton), viajan en auto por las calles de Detroit —una de las más grandes ciudades de Estados Unidos gracias al auge de la industria automotriz pero que por diversos factores, llegó incluso a declararse en bancarrota el mismo año de estreno de este filme de Jarmusch—. Intercalando planos frontales de ambos personajes mientras conducen, con paneos de casas a mal traer y sectores industriales abandonados, Adam y Eve conversan. Ella le dice: «Así que este es tu desierto, Detroit». A lo que él replica: «Todos se marcharon». Los vampiros han abandonado el castillo y los grandes salones —como representaciones de lo aristocrático— y han debido mezclarse en la ciudad contemporánea bajo las crisis constantes del capitalismo, lo que «genera —al decir de Opazo—, a su manera un paisaje gótico y decadente, con edificios pomposos reducidos a ruinas o playas de estacionamientos, despojados de todo su brillo y elegancia» (113).

 

La ciudad —Detroit— como un espacio en ruinas, cuya decadencia es constante pero lenta, orgánica, porque después de todo la putrefacción natural de las cosas nunca es un proceso rápido e inmediato, o lo podríamos decir tal como se explaya el inglés Mark Fisher comentando Children of Men (2006): «El desastre no tiene un momento puntual. El mundo no termina con un golpe seco: más bien se va extinguiendo, se desmembra gradualmente, se desliza en un cataclismo lento» (23). Como si rememorara a su compatriota T.S. Elliot cuando remata su poema «The Hollow Men» con: «Not with a bang but a whimper» (82), es decir, no con una explosión sino con un quejido, un lamento.

 

El sujeto ya no está frente al paisaje natural. El sujeto está frente a un paisaje manufacturado en deterioro. El sujeto observa y deambula por estos espacios lamentándose, añorando —en cierta forma— otros tiempos mejores —e idealizados—. Esa es la actitud del romanticismo. Ahí está el vampiro para representar todo eso en la película de Jarmusch. Respecto a este lamento, nos indica Martín Cerda:

 

Una sociología del pesimismo contemporáneo mostraría, sin duda, que una de sus fuentes ocultas es la nostalgia de un tiempo histórico en el que las acciones de los hombres respondían, por encima de sus oposiciones, a la esperanza de poder llegar a domeñar el lomo incierto del futuro. (244)

 

Este apunte nos ironiza —con la habitual perspicacia del ensayista chileno—, respecto a la sola posibilidad de un futuro a la mano, cuando aquello no es más que un espejismo, una mera ilusión.

 

Volvamos al filme de Jarmusch. «Pero este lugar se volverá a levantar», indica Eve refiriéndose a Detroit. Eve, una vampira mucho mayor en años que el pesimista protagonista Adam, sabe o intuye que el futuro es plástico, cambiante. Y que por razones históricas tiene justificación: «[H]ay agua aquí», le dice —todas las civilizaciones surgen en lugares donde hay agua, es la condición sine qua non para el surgimiento de una cultura—, y remata, «[e]ste lugar florecerá». Todo esto se lo comenta mientras transitan a través de las ruinas del capitalismo fordista. Ella —una vampira que ha visto caer civilizaciones enteras en la travesía de su larga noche—, ve una salida, pero Adam no está muy convencido, siendo incapaz de siquiera pensar en la posibilidad, atrapado en su añoranza. No es de extrañar que el vampiro Adam sea la figura que represente nuestro estado de ánimo como sociedad porque, tal como nos lo señala Fredric Jameson: «Parece que hoy día nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo; puede que esto se deba a alguna debilidad de nuestra imaginación» (11). Adam podría ser perfectamente la representación del militante de izquierda descorazonado por la Historia con mayúsculas, o como lo remarca Cerda de forma fulminante: «La nostalgia ha sido siempre el gesto gremial de los vencidos por la espontánea dialéctica de la vida» (164).

 

Bibliografía

 

-Cerda, Martín. La palabra quebrada: Ensayo sobre el ensayo, y Escritorio. Santiago de Chile: Tajamar, 2005.

 

-Eliot, T. S. Collected Poems 1909-1962. New York: Harcourt, Brace & World, 1963.

 

-Fisher, Mark. Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?. Trad. Claudio Iglesias. Buenos Aires: Caja Negra, 2016.

 

-Hernández, Elvira. Actas Urbe. Santiago de Chile: Alquimia, 2013.

 

-Jameson, Fredric. Las semillas del tiempo. Trad. Antonio Gómez Ramos. Madrid: Trotta, 2000.

 

-Opazo Hernández, Jonnathan. Ruina. Talca: Bifurcaciones, 2021.

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