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SOY CINÉFILO: EL CINE HA MUERTO Y NO ME DÍ CUENTA
Jaime Córdova

Todo aquello por lo que los ingenieros e inventores lucharon durante siglos, para poder proyectar una imagen en movimiento, lleva muerto casi una década.

La nomenclatura del cine, en su acepción etimológica de Kine, movimiento, no sólo aludía a las imágenes proyectadas propiamente tal, sino al intrincado engranaje que permitía la circulación de una película en una proyectora y su exhibición en una pantalla, con todas sus virtudes y defectos.

La imagen cinematográfica, aquella filmada en 35 ó 16 milímetros, con rayaduras, pegaduras, granos, mugre y pelusas, ya no existe.

El año 2015 las compañías norteamericanas dejaron de traer copias en soporte fílmico para los cines. La nueva tecnología que se aplica es la del soporte digital, recibido vía satelital o bajado de un servidor a un computador poderoso, capaz de igualar, pero no superar, la proyección mecánica.

Este nuevo sistema llegó para quedarse, a menos que se invente algo más avanzado. La empresa Rain, de Brasil, fue la pionera en este campo, y ofreció sus servicios en Chile, así como lo hizo en Perú, donde gozó de gran aceptación. Y no es para menos, ya que en países como el nuestro, producir cine en condiciones tradicionales era demasiado costoso. En estos casos se acepta y se celebra la aplicación de la tecnología, pero la esencia misma del cine ha sufrido una estocada mortal. Ya hemos asistido a películas (ya no podremos decir filmes) rodadas en digital (las últimas Star Wars, el último Indiana Jones, para aquellos más melancólicos) que parecen llamar a gritos la tomadura de manos entre los pixeles y los sistemas binarios.

Rain, que significa Red Activa de Proyección Digital, a través de una tecnología patentada y llamada Kinocast, ha distribuido películas de grandes compañías, instaló sus equipos en salas de cine y cobra por exhibición. Bienvenidos a la era del postmodernismo, donde el sistema romántico de la bobina y el cambio de rollo, con sus puntos, ha quedado en la historia.

Ahora bien, las cadenas de cine deben adquirir los equipos que son, por supuesto, costosos. ¿Qué pasará con las salas chicas que exhiben cine alternativo, llámese europeo o cine arte? ¿Seguirán esas compañías distribuidoras más pequeñas, trayendo material en soporte digital? Bueno, han sobrevivido hasta ahora.

Se nos advirtió hace unos 10 años que este día iba a llegar, pero lo veíamos tan lejano. Todo se ha hecho en nombre de los costos y de rebajarlos, evitando tener que mandar a copiar una película a los laboratorios, revelarla, distribuirla en los países, pagar la aduana para su internación, trasladar físicamente las copias por todo el país y, finalmente, tener que pagarle a alguien para que las destruya con un hacha después de terminada su exhibición por las salas.

Y ahora está aquí, una tecnología que no tiene sentido, porque es como ver una película por el TV cable, pero en una sala grande, con más personas, y en oscuridad. Y esto es sintomático de una humanidad sin sentido, que habita un planeta sin sentido y que ha hecho de su existencia un sinsentido.

Muchos dicen ser cinéfilos. La RAE los define como un “aficionado al cine”, pero los problemas etimológicos comienzan justo ahí, cuando un fenómeno ha mutado en su tecnología y en la esencia de su concepto. Pongamos las cosas en claro: tenemos que plantear desde dónde usamos la palabra CINE. Sabemos que no se trata de un lugar, un espacio donde se proyectan películas; eso es una sala, pero tradicionalmente la gente ha asociado la palabra a un espacio (un “lugar” diría Marc Augé). El cine tampoco son las películas, ellas son la razón de ser del cine, que las proyecta. Pero ante la ausencia de un soporte fotoquímico o analógico, ¿podemos seguir hablando de películas? Ellas eran una larga tira con fotogramas, cada uno de ellos conteniendo una fracción de movimiento y de la banda sonora. Hoy existen los Blu-ray y los DCP (Digital Cinema Package), que contienen los archivos de imagen y sonido; son digitales y no se pueden manipular, en el sentido de “tocar” manualmente.

Por tanto, hablar de “cine en tu hogar”, “las mejores películas en tu canal de cable” o “festival de cine digital” es una insensatez, una insensatez manipulada por la industria que se cuelga de estos viejos y descontinuados conceptos para seguir vendiendo sus productos a costa de la ignorancia y el uso masificado de una nomenclatura que se resiste a desaparecer en pos de neologismos más adecuados para definir algo que ya no es CINE. Pero inventar palabras nuevas es difícil, y tomará algún tiempo hasta que la gente se acostumbre a ellas, tal como en la teoría lo planteó Ferdinand de Saussure al señalar que el signo es inmutable y mutable a la vez, debido al uso. Pero la industria no está dispuesta a esperar ese desplazamiento entre significado y significante: necesita seguir vendiendo YA.

Las jóvenes generaciones dicen que no hay ninguna diferencia entre lo analógico y lo digital, que el sistema o soporte ha cambiado, pero lo que importa son las imágenes en movimiento y la técnica de su lenguaje. Acepto ese argumento, siempre y cuando no usen la palabra CINE.

CINE es una acepción popular y simplificada de Cinematógrafo, el invento de los hermanos Lumiére, fechado públicamente en 1895, y que consistía en un mecanismo que arrastraba intermitentemente una tira de película (tanto en su proyección como en su exhibición) y que basaba su éxito en la persistencia retiniana (un almacenamiento de impulso lumínico en la retina humana, la cual permitía que, tras la proyección de un fotograma, siguiera un instante de oscuridad para luego proyectar el fotograma siguiente, produciéndose así la ilusión del movimiento al superponerse estos impulsos, que duran un décimo de segundo antes de desvanecerse). Durante la época muda, la velocidad de proyección oscilaba entre los 14 y 18 fotogramas por segundo. Con la aparición del sonido llegó a los 24.

Al mismo tiempo que el invento de los Lumiére, apareció el Biógrafo (Biograph, en inglés), también muy popular entre los asistentes y que cumplía las mismas labores de su homólogo francés. De no haber desparecido la empresa, tal vez la gente hablaría hoy del Bio.

La proyección digital que se emplea hoy no usa película, no usa fotogramas, no apela a la persistencia retiniana; no existe más la proyección óptico-mecánica de los Lumiére. ¿Podemos a eso seguir llamándole CINE?

Un actor de teatro, perfectamente consciente de su profesión y del efecto espectatorial que causan su voz y la reverberación de ella en la sala, la iluminación y las características cromáticas y espaciales del decorado y la disposición de los intérpretes en el escenario, nunca dirá que es TEATRO aquella transmisión on line o televisada de una representación dramatúrgica. Lo mismo aplica para el ballet o las clases universitarias en tiempos de pandemia. Eso es otra cosa. ¿Qué cuesta admitir que un fenómeno tiene ciertas características y condiciones que lo diferencian de otro? ¿Qué temor hay en la gente afecta a ciertas prácticas artísticas, sobre todo aquella que pertenece a las últimas dos generaciones, a admitir que los tiempos han cambiado y que sus expectativas no son las mismas que las de sus mayores? Ciertamente ver una película en un televisor, un teléfono o una tablet, nunca será lo mismo que ver un filme (¡¡¡ya no se le puede llamar así!!!) en pantalla grande. Tampoco es lo mismo contemplar esa perfección nívea y sin mácula de la imagen electrónica-digital que presenciar una película analógica con saltos, pegaduras, granos y algunas rayas en su emulsión. Son dos cosas diametralmente opuestas y ambas no pueden ser lo mismo, es una perogrullada básica. Una de ellas es un producto plástico, perfecto y sin vida. La otra permite sentir la historia, contemplar el paso del tiempo e intuir el camino por las salas que provocaron sus heridas de guerra.

La desesperación del espectador es la oportunidad del sistema, y lo mejor de cada uno nunca será suficiente para la persona equivocada.

El cinéfilo tradicional, por lo menos, el que existía hasta la década del 80, que veía toda la cartelera de ofertas de aquellas salas que mezclaban títulos comerciales con piezas de cine arte, era alguien informado, con criterio, que seguía la carrera de un director y que discernía entre lo verdaderamente bueno y los espejismos de un producto con buen andamiaje.

Por lo general, un cinéfilo nace desde pequeño. Aprende de memoria nombres de directores, actores, fechas, títulos y créditos de los técnicos de cada película; vincula temáticas y aprehende las vivencias de la pantalla aplicándolas a su propia existencia. Busca las fuentes literarias de las adaptaciones y ve los remakes de viejas películas. Sabe de historia del cine y suele comprender que todo intento pasado fue mejor. Lamenta saber que hoy todos hablan de Tarantino, Noé, Nolan y dos o tres más realizadores cotizados por el público y considerados como LOS GRANDES del cine, mientras que entre sus memorias, puede recordar el año 1963, y darse cuenta que en ese mismo momento estaban estrenando películas los siguientes directores: Visconti, Ford, Fellini, Godard, Bergman, Wilder, Rohmer, Fisher, Rossellini, Pasolini, Hitchcock, Risi, Monicelli, Bolognini, Chabrol, y que al unísono estaban preparando sus películas Hawks, Wyler, Tarkovsky, Lumet, Frankenheimer, Buñuel, Truffaut y otros grandes. Constatar ese cúmulo de genios con el cine actual, es desolador. ¿O será que en algunos momentos de la historia se produce esta conjunción de mentes brillantes sin que haya una generación de recambio?

El cinéfilo actual consume por consumir: series, seriales (sin saber las diferencias entre una y otra), películas de todo tipo. Almacena en discos duros miles de títulos para ver cuando le plazca. Ello le hace parecer más culto, superior al resto. Puede provenir de otras áreas, pero su capacidad consumidora le ha hecho sentir que puede emitir juicios, y hasta ser un especialista. Lo que sabe proviene de Wikipedia, así complementa el visionado y logra comprender un poco más lo que ha visto, porque, si hay que ser justos, el cinéfilo actual deglute sin comprender, sin aplicar, sin relacionar. La tecnología ha puesto a su alcance toda la historia del cine, aunque suele ver películas viejas solo si son de culto o de algún director snob. Desprecia el resto, sobre todo si es mudo y en blanco y negro. Considera que los últimos 20 años constituyen el nacimiento del cine y que John Williams inventó el soundtrack.

El cinéfilo militante compraba semanalmente sus revistas de cine. Terminada la función se llevaba la película para la casa, para la conversación con su familia y amigos. Tenía libros, entre ellos “la biblia” de Sadoul. Era capaz de hacerse amigo del administrador de la sala, o del proyeccionista (coloquialmente conocido como “cojo”) y conseguir (o robar, como lo mostró Truffaut en La noche americana) alguna foto, un afiche, unos trozos de película para poder seguir soñando y palpitando el cine. Se quedaba a la siguiente función cuando los cines eran rotativos y nadie te echaba de ahí. Tenía la capacidad de seguir de sala en sala aquella película que lo había marcado, sobre todo si se trataba de un reestreno, por el cual debía esperar algunos años. Lloró cuando las salas de barrio cerraron y lamentó saber cuando el operador murió de cáncer al pulmón, provocado por los gases de los carbones de arco voltaico, con los cuales iluminaba la proyección.

El cinéfilo de cama, que no es lo mismo que el cinéfilo de butaca, se acomoda, se apertrecha, se lleva su bebestible, su snack, su copa con helado. Rodea con su brazo al acompañante y dispone anímicamente del contenido de la película de turno. Pero no pasa de ahí, no es capaz de hacer nada más por las películas que disfruta. No sabe, ni le interesa, que las películas análogas, fotoquímicas, se deterioran con el paso del tiempo, que en su gran mayoría el cine mudo ha desaparecido, que las compañías distribuidoras destruyeron las copias de los filmes una vez que terminaban con su circulación comercial en salas y que almacenaron mal los negativos, y menos se aventura a intuir que RESTAURACIÓN Y REMASTERIZACIÓN DIGITAL no son lo mismo.

Es ese mismo cinéfilo, cuyas expectativas respecto a la calidad de la imagen y el sonido son muy altas, el culpable de que las empresas, titulares de los derechos de las películas, hayan modificado el contenido de estas, a saber: mejorar electrónicamente la imagen escaneando en computadoras los negativos y obteniendo asombrosos niveles de claridad y contorno que nunca tuvieron; modificar los colores de las viejas películas en Technicolor (que eran maravillosamente saturados, porque necesitaban ser vistosos, incluso en salas donde había una larga distancia entre la caseta de proyección y la pantalla); reemplazar el sonido monofónico por Surround y THX 5.1, para que las explosiones suenen mejor, a pesar que las películas viejas tenían un solo canal de sonido.

Y todo esto, ¿para qué? Para que las imágenes y sonidos de antaño se vean y suenen como las películas actuales, para que la vieja emulsión fotoquímica desaparezca para dar paso a una pasmosa claridad deslavada, para que los rostros en penumbras de Ciudadano Kane sean ahora totalmente visibles, porque los nuevos gustos implican que hay que ver todo y no dejar nada a la imaginación, nada en la penumbra de la tecnología arcaica.

El cinéfilo tradicional amaba el cine por sobre todas las cosas. El actual se ama a sí mismo y se congratula ante los demás diciendo la cantidad de películas y series que ha visto. El sentimiento versus la estadística, la ecuación que separa brutalmente al viejo mundo que conocimos de aquél en el cual estamos inmersos. La época y la revolución tecnológica nos condicionó, y han marcado la manera de ver y consumir la imagen. Una generación de cinéfilos que está desapareciendo y que tampoco dejó herederos.

 

Artículo Por Jaime Córdova Muy Interesante !