Artículo
Un barco atascado en la montaña.

Sebastián Aliaga. Actor, dramaturgo, docente y Magíster (c) en Literatura de la Universidad de Playa Ancha.


Quedan dando vueltas algunas palabras. Ismos. Ismos. Ismos. Varias que terminan así. Y eso provoca algo. Una sensación híbrida. Entre rechazo y curiosidad. Sí, porque, al escuchar eso, todo pareciera dar vueltas sobre lo mismo, con una insistencia, podría decirse, enfermiza. Los límites están demarcados desde siempre, y, sin embargo, probablemente como una manera de reaccionar al inevitable proceder del tiempo, se escarba y escarba en el mismo lugar. Una paradoja inacabable. Ésta paradoja, por lo que se puede observar, es, por un lado, que la búsqueda estética, o la resolución de un lenguaje, son indisolubles a la creación de su arte. Sin embargo, esta búsqueda de la forma, en clave obsesiva y estulta, podría llevar al creador a desembocar en su público una sensación pródiga en vacío y amargura, pero no debido al efecto de la obra, sino más bien, a su carencia de profundidad. En ese sentido, puede concebirse a la estética como el medio principal por el cual se expresa la intención del artista y al mismo tiempo, la fuga por la que se le escapa. Surge, entonces, la inevitable pregunta. ¿En qué punto la búsqueda de la forma es aceptación de la artificialidad? O más específicamente. ¿En qué punto podemos concebir un cine vivo y un cine inerte? Quizás, para aventurarse a darle respuesta a esa pregunta, habría que aunar criterios rápidamente, y una vez más, insistir en lo que ya se sabe. Quedamos de acuerdo, entonces, que el Gran Hermano, está ahí, presente. Decidiendo sobre las libertades y los encierros, sobre lo que se puede y lo que no se puede, y lo más importante, sobre la forma y el contenido. Surge, entonces, la próxima inevitable pregunta. ¿Qué caminos posibles podrían surgir para resistir, es decir, rechazar, desde la práctica, es decir, desde la filosofía, las modélicas imposiciones que infectan, como una metástasis, los órganos sensibles y genuinos de la creación artística? Si se pone atención, por ejemplo, a las palabras de Tarkovski, el hecho de que no haya un intermediario falso y ajeno (referencia) entre la realidad y la percepción que tiene de ella el creador, implica un posible punto de fuga. Una resistencia atrincherada en la rebeldía de las subjetividades puras. Es decir, subjetividades no infectadas por referencias audiovisuales que llevan, en su corazón, las estructuras de la modélica imposición. Esto implicaría, desde el más ligero pensamiento, un tremendo desafío. Primero, luchar contra la tentativa que supone todo el universo de material audiovisual, que, a estas alturas, se podría decir, nos perturba. Y, en consecuencia, sería ejercitar la capacidad de intentar plasmar estética y narrativamente, la sensación única y genuina que conlleva ese acto de observación aguda de la realidad directamente percibida. Una captura, en primera instancia, artística, poética, es decir, visceral, reaccionaria, y luego, claro está, teórica, académica. Al parecer, desde una óptica un tanto pesimista, un barco atascado en la montaña. Pero hay, también, otras luces, otras invitaciones. Virgilio Ariel Rivera, propone otra salida. Una salida, que, para hacerse efectiva, implica, por supuesto, una contradicción. Una contradicción, que, a su vez, plantea, por supuesto, una tremenda dificultad. O sea, para salir a flote y respirar, hay que, primero, bucear a las profundidades. Por ejemplo, tan solo en lo que respecta a la selección de un género. ¿Qué nos plantea un género? ¿Qué nos plantea el universo encriptado en la pulsión visceral de querer hacer una tragedia? Éste propone que cada género (dramático-teatral, y, por lo tanto, por qué no, cinematográfico) responde a una necesidad existencial del ser humano. Por ejemplo, la tragedia, respondería a la necesidad existencial de enaltecer el espíritu. Sublimar lo preñado en el fuero interno. ¿Qué exigencias plantea esto? Probablemente muchas, o quizás no tantas, pero definitivamente profundas, que demandan tiempo e introspección, y esto, probablemente, sea lo importante. Esto, podría verse fortificado, a su vez, por la visión de Mario de Micheli, quien asegura, que, para comprender las vanguardias artísticas del siglo XX, es decir, los hostigosos ismos, hay que comprender los acontecimientos históricos y políticos que los gatillaron, de lo contrario, analizar solo a través del gusto, es una empresa condenada al fracaso. Se podría decir, entonces, bajo esta perspectiva, que la búsqueda incesante de la estética por sí misma, podría significar, en ciertas situaciones, una trampa interna entre el creador, su obra y el público, pero que, sin embargo, a su vez, tiene su zona de resistencia, en tanto se aventura a volcarse a la detención y las pausas que requiere el proceso creativo, en respuesta al torbellino de la inmediatez de nuestro sistema que día a día nos pone a su servicio. Pero, como se podría esperar, esto también plantea, al menos, un cuestionamiento en relación a lo recientemente citado. Hallazgos que surgieron con coherencia en un contexto determinado, como grandes principios y referencias, pero que a través del tiempo se han anquilosado como fórmulas o ecuaciones que no colocan en tensión a los reflejos creativos condicionados. Entonces, ¿qué hacer? Nada tan determinante, por cierto. Quizás, solo quede paso al desvarío. Pero llama la atención esto último de los ismos. Finalmente, una reacción a la retahíla de acontecimientos, en su mayoría (por no decir en su totalidad) trágicos, sangrientos, inhumanos, bélicos. Acontecimientos que, conforme el tiempo transcurre inexorable, la realidad pareciera ir planteando distintas dificultades, o exigencias que repercuten, inevitablemente, en la mirada de aquellos que, por voluntad, o por circunstancia, con esfuerzo o sin esfuerzo, se regalan el momento de poner al servicio del presente la agudeza sensible de una observación, como ya se ha dicho, genuina. Experiencias que exigen de forma inminente un punto de fuga, un canal de expresión. Es así como, de pronto, para cierto tiempo y cierto espacio, la realidad exige una depuración, por decir algo, austera. Directa. En su estado más puro. El hombre (en su ya anticuada acepción genérica) bifurcado en su inmanencia por su espíritu y su cultura, imbricado en los gritos y los esfuerzos de los desposeídos, organizado y desorganizado por el brío ontológico de las revoluciones, decide que es la realidad la que debe ir a la vanguardia de los artistas. La realidad exige realidad. La realidad exige identificación emocional. Catarsis. También reflexión, denuncia, pero, sobre todo, catarsis. La realidad insiste en su propio reflejo. La realidad de la tierra y los que la trabajan. La realidad en su aspecto frío, crudo, hambriento, enfermo, pobre. Pero la realidad entiende muy orgánicamente que, para que parezca real, debe ser, a su vez, irreal, es decir, falsa. Pero no hay mayores problemas con eso. La realidad se parapeta en su proceder, pero como todas las cosas, cae o fallece. No en su totalidad, por su puesto. Pero al transcurrir nuevamente el tiempo, la realidad, para algunas percepciones, pareciera ser que ya no debe ser representada. La realidad que sigue siendo, quizás, igual de cruda que la anterior, a lo mejor con otros factores más o menos determinantes, pero ahora es mejor no alienarse en su expresión. Es decir, la realidad exige, sugiere, estimula posibilidades y herramientas que puedan extrañarla, o cuestionarla, o subvertirla, en cierto sentido, aunque sea desde el disgusto, o lo pretensioso, o lo incómodo, o derechamente, desde el horror. Impresiones que provoquen sensaciones inesperadas, caóticas, insolentes. Suficiente sangre se ha derramado y la realidad en su narciso afán ha sucumbido, ha fracasado en su intento tautológico, autopoiético. La realidad no ha podido auto-denunciarse, auto-conmoverse. Entonces, ahora son los colores, las formas desfiguradas, que en la medida en que van desarrollándose, y mezclándose en algunos casos en lugares específicos, van cobrando forma de una solidez no infinita, pero más o menos perdurable. Las impresiones, luego están alimentadas por deseos de escudriñar en lo oculto. Las formas exteriores grafican cierta parte de las formas interiores, al mismo tiempo que las formas interiores emprenden, también, sus propios periplos. La consigna invita a entrar en la oscuridad y ver si hay grietas de luz que puedan dar algo de esperanza en esta sala negra. (El mundo, la existencia) Y así es, la realidad insaciable, fatigada de no poder lograr con una captura absoluta, demanda y exige otras percepciones, que, a su vez, agotadas por el espanto de la humanidad, se aventuran a lanzarse al vacío de las pesadillas, sus fragmentos, sus asimetrías, su no lógica, su no tiempo, su no línea, su incertidumbre absurda, abrumadora y derretida en carne viva. Y así pasa el tiempo, errático, incólume, vehemente, incapturable. En una especie de juego infinito. Porque, puede que desde una mirada tarkovskiana, la realidad pueda ser capturada de forma absoluta por una mirada genuina, pero al mismo tiempo, la realidad no puede ser capturada, porque el sentido perdería su esencia. Pero, si se hace el ejercicio (el tedioso ejercicio) de sacar algo en limpio de este desvarío, podría rescatarse la consideración de que la realidad no es solamente percibida en un tiempo y espacio, sino que también, desde las siempre controversiales trincheras del creador, se plantea antagónica ante él reclamando siempre nuevas exigencias. La realidad, en ese sentido, como una alegoría de ella misma en la percepción del creador, quien tiene que encontrar una salida orgánica ante el filo de su desafío. La realidad antagónica que exige una dosis de sufrimiento, de tolerancia, de sensibilidad, de fortaleza, de resistencia, de peligrosidad. Es decir. El artista, (probablemente dicho y re dicho muchas veces antes) debe plantearse antagónicamente con la realidad, con la intención de capturarla en el umbral que tiembla entre el impulso y la maniobra. Un ejercicio, que, para poner en marcha su movimiento, debe centrarse en la detención, en arder en la incertidumbre, la angustia y la locura que implica este ejercicio de lectura reflexiva y cuestionadora por antonomasia. Y esto implica algunas preguntas que albergan relevancia y estancamiento al mismo lapso. ¿Cuánto tiempo ha de pasar entre el acto de observar y la decisión de hacer algo con aquello? ¿Qué significa verdaderamente desmarcarse de la implacable trampa de la alienación? ¿Es posible? ¿Cuáles son las exigencias que nos plantea la realidad que vivimos hoy? ¿Cuáles son las preguntas que nos deberíamos hacer? ¿Hasta qué punto hay que seguir embrutecidos por la hipnosis de la innovación? ¿Hasta qué punto hay que respetar lo planteado y lo descubierto? ¿En qué lugar colocar la cámara?

Bibliografía:

Tartkosvki, Andrei. Esculpir en el tiempo: Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Madrid. Ediciones RIALP, S.A, 2002.

De Micheli, Mario. Vanguardias artísticas del siglo XX. Madrid. ALIANZA EDITORIAL, 2002.

Rivera, Ariel. La composición dramática: estructura y cánones de los 7 géneros. México DF. Escenología, 2001.

Brook, Peter. El espacio vacío. Barcelona: Ediciones Península, 2015.

 

Artículo Por Sebastián Aliaga. Muy Interesante !