Artículo
EL FÚTBOL Y SU IDENTIDAD DE CLASES

Javiera Valenzuela M.


Muy pocas cosas definen mejor la identidad sudamericana que la de aquellas tardes de la primera infancia en las que la creatividad se ejercitaba con toda clase de artefactos que pudiesen servir como una pelota para jugar al fútbol, y en las que la calle entera se abría para conformar una cancha para una modesta pandilla de muchachos.

Esta imagen tan cotidiana, ha quedado en la memoria identitaria de muchas generaciones, infinitamente distintas entre sí, que se mueven en diferentes regiones del continente, y que sin saberlo comparten una particular manera de ver este popular deporte, mientras que desconocen que, a su vez, este mismo deporte es aquel enlace arraigado a su contexto socioeconómico.

Historias de fútbol es una película chilena del año 1997, dirigida por Andrés Wood y de la mano de la productora Roos Film, que consta de tres historias paralelas divididas en el mismo formato de un partido de fútbol, haciendo alusión a dicho deporte, que es el tópico en el que gira el filme durante sus 87 minutos de duración.

La primera historia nos muestra a un hombre de unos treinta años, talentoso jugador de un equipo de barrio, que se ve extorsionado por un corrupto club deportivo. La segunda , el entretiempo, nos presenta a un grupo de niños pequeños que muy posiblemente no superen los diez años, cuya aventura empieza cuando no les permiten entrar a ver un partido entre Cobreloa y Universidad de Chile, decepcionados, se quedan afuera del estadio hasta que una pelota del mismo juego cae en sus manos. Emocionados, comienzan a pelear por quien se quedaría con dicha pelota. Esto, como es de esperarse por su fanatismo y por su actitud infantil, termina por crear conflicto entre todos. La última, tiene de protagonista a un joven santiaguino cuyo destino lo empuja hasta la remota isla de Chiloé, en la que se instala en casa de dos mujeres que rápidamente se interesan en aquel muchacho, quien aprovecha de quedarse con ellas para ver un partido que Chile disputaría aquella tarde en un mundial.

Por la temática del filme, lo más claro que podemos vislumbrar de estas tres historias que ocurren en momentos y con personajes diferentes entre sí, y que nunca llegan a interactuar, es que, por muy diferentes que sean sus historias, hay algo que los une a todos, y ese algo sería la pasión que sienten los protagonistas por dicho deporte, pasión que los lleva a ser incomprendidos, meterse en problemas y a separarse de quienes les rodean y se preocupan por ellos, pero que después de todo, es el fútbol lo que siempre prevalece en sus vidas. No obstante, hay otro esquema detrás de esta aparente unión que parece ser la que provoca todos aquellos incidentes de manera mucho más intensa que el propio fútbol; y no, esto no quiere decir que el fútbol pase a segundo plano, muy por el contrario, es este la cadena entre las distintas realidades plasmadas, pero la piedra angular bajo la que se cimenta todo no es sino otra que las desigualdades socioeconómicas que se ven a lo largo de todo el filme.

El fútbol como fenómeno social es un tópico que ha sido estudiado prácticamente desde la invención de esta disciplina. Es el deporte más popular del mundo, ha sido una fuente de rivalidad y de amistad al mismo tiempo. Acusado por muchos neófitos del estudio de la sociedad moderna como el nuevo opio del pueblo, o pan y circo si no suenan del todo agradables las referencias marxistas. No se puede negar que las emociones que provoca no solo en sus fanáticos más acérrimos, sino que en la comunidad como conjunto, es algo digno de estudiar si queremos desentrañar correctamente los arbores más profundos de nuestra psicología colectiva.

La disciplina de origen inglés, creada de forma oficial en 1863 cuando se establecieron sus reglas oficiales, no siempre tuvo esta imagen tan transversal, puesto que, víctima de su tiempo, tuvo que esperarla. Así se señala en una nota del medio de prensa El Confidencial que aborda este tema:

“El fútbol nació entre los muros de los colegios británicos más prestigiosos. Entre uniformes escolares y rimbombantes nombres como los de Eton, Harrow o Cambridge, en Inglaterra. La primera vez que se peloteó no fue en un arrabal sino en una zona cuidada. Y no fue un chaval con su balón porque no tenía otra cosa, sino los hijos de los que lo tenían todo y utilizaron el fútbol, ese deporte rarísimo porque no se usaban las manos, para pasar el tiempo. Así era este juego mundial de masas a finales del siglo XIX. Ni un negocio ni siquiera un ascensor social. Simplemente, un juego de ricos. Hasta que todo cambio y la clase obrera conquistó este deporte” (Corroto, 2020).

Muchos aluden a que todo esto empezó con Fergus Suter, un trabajador escocés perteneciente a una fábrica de albañilería, quien fue contratado para jugar en Darwen FC, un equipo de fútbol universitario de alta categoría, luego de que el lugar de trabajo quebrara producto de la crisis financiera. Hoy es considerado por muchos como el primer jugador profesional de la historia. Según cuentan sus biografías oficiales, “El fichaje de Suter fue cuestionado debido a que dejó de laborar como albañil, motivo suficiente para sugerir que el Darwen le pagaba por jugar futbol, algo que estaba prohibido, pues no se consideraba ‘juego limpio’. Andy Mitchell, historiador del futbol, comentó que Suter solo trabajó unas pocas semanas y luego jugó al futbol por dinero. Se le pagó de manera confidencial (10 libras esterlinas en efectivo cada tres semanas), porque eso era ilegal en ese momento” (Diario Milenio, 2020). A partir de ahí, no solo este deporte pasaría a la siguiente categoría, que sería la de un deporte visto como tal, sino que había sido inevitablemente encontrado por toda una clase social a la que nunca se le había permitido acceder a esta y otras actividades. Tal y como ocurre en la película dirigida por Wood, en donde la primera y la segunda historia nos muestran a personajes comunes, de un vapuleado estrato social, que son introducidos por lo que sería un ‘destino narrativo’ que los empuja a cambiar su realidad a través del fútbol. En el primer caso, con la oportunidad para un hombre de hacer valer sus habilidades aún a costa de la trampa y el engaño, y en el segundo, el hallazgo de lo que para aquella pandilla es un fabuloso tesoro.

Es curioso como esta apertura del fútbol hacia las clases más desfavorecidas ocurrió por un tema económico que fue, además, el responsable de que se pagara y se profesionalizara este deporte, pues fue esta la manera en la que el proletariado pudo robarle a la élite un elemento de entretención y hacerlo suyo, aun cuando en la historia occidental ha sido siempre el caso contrario el que hemos visto.

Para su amplia y fiel fanaticada, el fútbol va más allá de la entretención y los placeres que conllevan una actividad lúdica, es además un trofeo conseguido, de la misma manera que un grupo de niños revoltosos consiguen una pelota de su equipo favorito solo porque se la pillaron fuera del estadio. Aquel pasatiempo, como tantos otros, fue conquistado a medida que lograron conquistarse también otros derechos laborales, como profesaba Vinnei en El fútbol como Ideología:

“En cuanto a fenómeno social, el deporte debe contarse entre lo que se ha calificado como la abominable expresión de tiempo libre, que indica tanto la dependencia de esa esfera con respecto a la esfera laboral como su impotencia. Su difusión universal se halla ligada al surgimiento de la esfera del tiempo libre en una determinada etapa del desarrollo de las fuerzas productivas. Solo cuando la organización racional del trabajo y su mecanización como división calculada del trabajo y el traslado del trabajo del hombre hacia las máquinas alcanzaron una etapa que sustituyó el acrecentamiento extensivo de la producción por el aumento intensivo, se redujo el gasto socialmente necesario del trabajo y con ello también el tiempo de trabajo. Con ello se inicia una tendencia a la abreviación de la jornada laboral, de la semana laboral, del año laboral y, finalmente, de la vida laboral, la licencia anual garantizada y la supresión del trabajo infantil, lo cual produce el nacimiento de un ámbito libre del trabajo industrial, dentro del cual puede irrumpir el deporte” (Vinnai, 1970).

Asimismo, en nuestro país se ha cultivado por décadas la figura del futbolista como la de un héroe que vence las adversidades que consigo lleva la pobreza y precariedad. Tenemos a día de hoy casos como el de los jugadores Alexis Sánchez, Gary Medel o Charles Aránguiz, quienes son admirados por la población chilena por venir de familias de bajos recursos y haber logrado el éxito.

De esto mismo habla Bromberger señalando que: “La popularidad de los deportes radica, en gran medida, en su capacidad de encarnar el ideal de las sociedades democráticas, mostrándonos, por medio de sus héroes que, ‘sin importar quién, puede convertirse en alguien’, que los status no se adquieren desde el nacimiento sino que se conquistan a lo largo de una existencia” (Bromberger, 1998).

Otra cosa a tener en cuenta, es que quizás esta manera que tiene la gente de ver el fútbol como uno de los pocos casos donde sienten que sí pueden confiar en el discurso de la meritocracia y el talento innato, es lo que lleva a que este deporte despierte tantas emociones en sus fanáticos, pues se sabe que para muchos se trata de una serie de sentimientos que van más allá de un juego. Se convierte en un lenguaje propio, que habla por sí solo, como cree también Luis Antezana en Fútbol: Espectáculo e Identidad, ya que este autor señala lo siguiente:

“Cómo vivimos en el fútbol? Obviamente, no todos lo vivimos jugándolo, en el sentido común –lúdico– del término. Tampoco lo vivimos, aunque es un nudo de nuestra articulación con él, observándolo directamente. Mi sospecha es que, fundamentalmente, lo vivimos verbalizándolo. Dicho de otra manera: vivimos hablando –sea como sea– de él y de sus avatares. Aquí, “hablar” o “verbalizar” están inclinados hacia las funciones pragmáticas del lenguaje, es decir, cuando el lenguaje es también acciones, actos (‘actos de habla’ diría Searle). Ejemplo: hay un penal en la cancha. De acuerdo a nuestras simpatías, lo consideramos legítimo o ilegítimo. Lo discutimos inmediatamente, y más aún: lo seguiremos discutiendo frecuentemente. Esa discusión o, más simplemente, esa aceptación o negación verbal, le otorga valores de sentido a dicho penal. Pues bien, nuestra participación activa en el fútbol espectáculo es a través de ese tipo de verbalizaciones. (...) Nuestros gritos de alegría o nuestras expresiones de lamento ante los goles, nuestras loas a nuestros héroes o estrellas, nuestras imprecaciones a los árbitros, en fin, hasta nuestras reflexiones sobre este deporte son verbalizaciones pragmáticas, marcadamente performativas, es decir, otros tantos actos que se articulan con los que suceden en la escena” (Antezana, Luis, 2003).

A su vez, la identidad patriótica de los aficionados a este deporte, se ve sumamente plasmada en los 90 minutos donde dos equipos de once jugadores se disponen a lanzarse la pelota, pues esta es la idea de unión que demuestra Fábregas en Lo sagrado del Rebaño, el Fútbol como integrador de identidades:

“Es en este papel donde se produce la catarsis colectiva. Es a través de este ‘somos todos, somos uno’ mediante el que se construye la identidad de un grupo que, con una sola voz recibe, con cánticos y pancartas, la salida al campo de los héroes. Es un único ser el que descarga sus iras contra el árbitro que, en su papel de regulador-sancionador y alegoría de lo efímero del poder, resulta señalado como máximo responsable de la tragedia provocada por la derrota. Es un único ser el que acude a celebrar la victoria al lugar emblemático presidido por la fuente” (Fábregas, 2001)

Por otro lado, puede que esta concepción del fútbol se vaya perdiendo en la actualidad. Pues, no es secreto para nadie que las nuevas generaciones no conciben de la misma manera el concepto revolucionario como se hacía en los siglos XIX y XX, ya que, tal y como ha pasado con otros movimientos y tópicos donde se ve envuelta la contracultura, se ha capitalizado fuertemente en función de reivindicar el lujo y el poderío de las clases privilegiadas, como señala el ya citado Fábregas:

“No es extraño que la idea romántica del orgullo nacionalista aglutine pasiones en un contexto social en el que prima el ‘tanto tienes, tanto vales’. Los clubes deportivos asumen este axioma, pretendiendo afirmar su valía frente a clubes más humildes mediante la demostración de su poderío económico. Así, con grandes sumas de dinero, contratan jugadores foráneos capacitados, a priori, para conseguir títulos, ya que el ser capaz de ‘comprarlos’ es interpretado como signo de superioridad, cuando menos, económica. Frente a esta política mercantilista se erige el espíritu de la orgullosa resistencia tribal frente al poderoso que ningunea la cultura y tradición del que supone inferior” (Fábregas, 2001).

Por lo anterior, se nota una relación muy particular entre los jugadores y los aficionados, y esta consiste en una especie de obligación, acordada universalmente, que tienen los primeros para con los segundos. Pues de estos se espera que exista lo que se considera una conducta moral intachable, nuestros ‘héroes’ no pueden actuar de otra forma que no sea complaciendo a las causas colectivas. Como ejemplo clarísimo tenemos las múltiples críticas que recibieron varios de los miembros de la selección chilena para el pasado 18 de octubre cuando en sus redes sociales guardaron completo silencio sobre la situación del país ante el estallido social. El más criticado por ello, fue por lejos Arturo Vidal, quien hasta entonces era uno de los miembros más queridos y admirados del equipo, pese a que anteriormente hubiese sido protagonista otras polémicas, ya que durante esos tiempos, además de no mostrar el apoyo que “se esperaba que mostrara” hacia las protestas, se limitó a fotografiarse en una ocasión con el empresario Andrónico Luksic, una de las figuras más cuestionadas durante los meses de revuelta social. Por otro lado, la manifestación que hizo otro admirado jugador de la selección, Charles Aránguiz, le valió convertirse en uno de los personajes más queridos y emblemáticos del estallido, ya que algunos incluso proponían su presidencia como solución a la creación del ‘Nuevo Chile’.

Sin embargo, todavía no se puede ignorar el hecho de que existan ciertas cosas que, para la gente “pasen desapercibidas” por mucho que tengan que cuidar los jugadores su imagen. Como se dijo anteriormente, el una vez llamado ‘rey Arturo’ fue protagonista de una serie de escándalos antes de cometer las faltas que, a día de hoy, le han quitado el puesto como uno de los grandes ídolos futbolísticos. A su vez, estos ídolos de influencia y fama internacional se convirtieron en los mismos que promocionan y son auspiciados por una infinidad de marcas que, en su gran mayoría, son de lujo y, por consiguiente, asequible solo a cierto sector de la población que no es precisamente aquel que sueña con la gloria de los jugadores, alcanzada gracias al éxito y la perseverancia. Esto, lejos de molestar a quienes ven a los jugadores como referentes sociales, es mucho más aceptado o hasta “perdonado” que en los casos en los que publicitan los mismos productos que pertenecen a la industria musical, cinematográfica o, incluso, cuando se trata de personalidades de Internet.

¿Qué es lo que realmente se espera de un jugador estrella? ¿Cómo este, convertido en una figura pública particular, que debe su vigencia a sus victorias, evita que el más mínimo desacierto lo pueda condenar? Eduardo Galeano define su posición en la sociedad de la siguiente manera: “El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina. Le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. (...) En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano. (...) Y algún mal día, el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y que la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo” (Galeano, 1995).

Bibliografía:

-Antezana, Luis; Fútbol: espectáculo e identidad; (2003); Editorial CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales; lBuenos Aires, Argentina. Recuperado de: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/clacso/gt/20100920125250/6PI-Antezana.pdf
-Bromberger C.;/1998); Footbal, la bagattelle la plus sérieuse du monde; Paris, Francia.
-Corroto, P.; El día en que la clase obrera le robó el fútbol a los ricos (y todo cambió); 2020; Diario El Confidencial; Recogido de: https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-04-28/futbol-serie-netflix-lucha-de-clases_2568744/
-Diario Milenio; (2020); Fergus Suter: ¿Quién fue el primer futbolista profesional?; Ciudad de México, México. Recuperado de: https://www.milenio.com/deportes/futbol/fergus-suter-quien-fue-el-primer-futbolista-profesional-biografia
-Fábregas, A.; (2001); Lo sagrado del rebaño. El fútbol como integrador de identidades; Guadalajara, México; Recuperado de: http://148.202.18.157/sitios/publicacionesite/pperiod/esthom/esthompdf/esthom23/15.pdf
-Galeano, E.; (1995); El fútbol a sol y sombra; Siglo XXI de España Editores, S. A.; Madrid, España.
-Vinnai, G; (1970) El fútbol como ideología; Siglo veintiuno editores S.A.; Coyoacán, México DF, México.
Recuperado de: https://books.google.cl/books?hl=es&lr=&id=g-BVHkbIfYgC&oi=fnd&pg=PA11&dq=futbol&ots=SBeZYcNbIS&sig=9XEIAcVSpyZ5
mxY3Gho7z1ebJg8&redir_esc=y#v=onepage&q =futbol&f=false

 

Artículo Por Javiera Valenzuela M. Muy Interesante !