Cine Recobrado
Artículo
Análisis epocal sobre El Hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford

Estudiante de la Escuela de Literatura Universidad Finis Terrae

 

John Ford –director, productor y actor de cine estadounidense– fue un hombre ampliamente conocido no solo por haber desempeñado varios roles dentro de la historia cinematográfica, sino por atravesar varias épocas de esta con la capacidad de adaptarse a sus veloces cambios de paradigma, más concretamente, dentro de su trabajo como director; al mismo tiempo, se alaba la versatilidad de su coqueteo con otros géneros cinematográficos –como el drama o el documental- sin dejar de lado su principal pasión y motivo de reconocimiento: el Western. Es de esta forma que encontramos en Ford un ente histórico crucial para, entre otras cosas, el estudio de una evolución detallada, es decir con ejemplos y datos precisos, de la gran pantalla.

Los géneros cinematográficos han significado un gran debate para los estudiosos del cine, en gran medida debido a las numerosas subcategorías que se han creado en el afán por organizar la ilimitada información que supone el mundo del séptimo arte; sin embargo, una generalidad ha llegado al difícil consenso de que los géneros difícilmente se encuentran en un estado puro, principalmente debido a que se extraen de clasificaciones previas que pueden encontrarse en creaciones literarias y artísticas, las cuales nacen gracias a  la fusión de diversos elementos culturales. Tanto en otras disciplinas como en el cine, solo unas pocas obras son representantes de estas clasificaciones “puras”, esto quiere decir, son escasas aquellas que encarnan fielmente los principios de los que provienen. Como un ejemplo de esto tenemos el género del Western, nacido propiamente tal en Estados Unidos, el cual se centra en la temática ―tal y como su raíz en inglés (west/oeste) lo propone― del hombre del viejo oeste, en las figuras del vaquero y del bandolero, y en la moral que esta larga tradición supone.

El Western es uno de los pocos movimientos que gracias a la especificidad de sus características puede considerarse un género puro. A modo de ejemplo, cabe señalar que en otras categorías como el drama la locación puede ser variable, en gran parte debido a que estas producciones poseen su relevancia en la trama argumental, la cual en efecto debería poder desarrollarse en cualquier espacio físico o geográfico para que el espectador, no importando su procedencia, logre un estado de empatía y sentimentalismo exacerbado; el Western, por otra parte, debe estar situado en locaciones específicas, no solo asociadas al oeste norteamericano como espacio geográfico, sino a territorios áridos e inexplorados, que impliquen problemas sociales particulares de forma natural dada dicha geografía (un ejemplo de esto serían los asaltos en carretera, los problemas de comunicación, traslado y autoridad, etc.). En términos de acción, el Western propone un tipo de personaje especialmente diferenciado de otros géneros, como el drama o la comedia; mientras que en la comedia, por ejemplo, se da relevancia a la figura del simplón, un carácter por sobre todo versátil, que recrea una mofa a las desviaciones sociales y morales (usualmente relacionadas al periodo en que se insertan), el Western se centra en la confrontación de las fuerzas del bien y del mal, adquiriendo de estas una concepción más tradicional y estricta. Es en este campo que Ford aparece con una de sus primeras proezas de dirección que consiste, si se le estudia con más detalle, en una posible apropiación de elementos procedentes de otro géneros, o mejor aún, en un proceso más complejo: el estudio detallado de la naturaleza humana a través de las representaciones de esta que otros géneros ―solo centrados en ciertas aristas, aisladas y en ocasiones caricaturizadas― no abarcaban con naturalidad y cuidado. El héroe o protagonista fordiano puede considerarse como la primera gran representación humana fiel de una pugna de conflictos y tomas de decisiones tanto morales como sentimentales, en la que no prima la noción de imagen exterior o reconocimiento (en un conjunto de actos evidentemente forzados y dirigidos a este fin), sino la valerosidad y heroísmo genuinos. En este aspecto, Miguel Angel Vidaurre reafirma este punto observando que:

“(…) la figura de Ethan Edwards (John Wayne) (…) precediendo al crepuscular Tom Doniphon de “ The man who shot Liberty Valance” (Un Disparo en la Noche.1962), convoca a las diversas potencias que bordeaban la ambigua espiritualidad del héroe del oeste, rompiendo definitivamente los lazos que lo mantenían atado al figurín de heroísmo saltimbanqui de aspecto pulcro y moral intachable, héroe de matiné dividido entre el puritanismo de William S. Hart, y los malabarismos circenses de Tom Mix.” (4).

En relación a lo anteriormente mencionado sobre el Western y la hibridez de géneros, existen en la actualidad algunos films cuya concepción y realización están más bien ligados a la búsqueda de la novedad, y a la transculturación que nuestro entorno globalizado ha producido en todo ámbito artístico y comunicacional. Es de esta manera que la temática del viejo oeste ha sido fusionada, en algunas ocasiones, con el fin de preservar parte de su cultura y su incidencia en una época en que su producción pura es escasa, por no decir inexistente. Esto difiere en muchos aspectos de la empresa inicial de Ford, en quien, dado su contexto y su elevada posición dentro de la industria, puede apreciarse una motivación evidentemente social y no comercial, como pasa en la actualidad. La creación de la parodia, dirigida especialmente a la mofa de ciertos géneros, personajes o historias relevantes dentro de la creación literaria y cinematográfica es un ejemplo palpable de este afán comercial, de la desacralización de los universos conformados por las intenciones más nobles y, en ocasiones, educativas que se han asomado por el cine. No siendo una parodia, pero sí como ejemplo de esta denominada desacralización, se encuentra la película “Django Unchained” (2012) del director estadounidense Quentin Tarantino, la cual combina ciertos aspectos de gran impacto para el público contemporáneo: la peculiar naturaleza estética del director, más bien adscrita al género de la acción, y ya reconocida como una tradición en este, y algunos elementos del genero estudiado, asociados a una naturaleza folclórica norteamericana, pero solo reconocidos por los clichés espaciales y temáticos que presenta el film.

Para retomar las peculiaridades del Western de Ford, es necesario ahondar en otras características relevantes de su producción, en este caso particular, presentes en una obra de grueso calibre como lo es  El hombre que mató a Liberty Valance (1962), en la cual se reconocen elementos evolutivos desde el Western tradicional hasta lo que podría considerarse la representación perfecta del héroe. Una de las diferencias quizá más significativas y desconocidas está probablemente en que la naturaleza de esta historia fue concebida por la invención de una mujer, Dorothy M. Johnson, quien dedicó buena parte de su obra a la escritura de historias de Western. De Johnson podemos deducir que su procedencia (Montana, USA) explica en gran medida su afán por la tradición estadounidense, y el apego nacionalista que se ve traducido en una cercanía directa con la tierra y la geografía del oeste, representante del folclor de dicho país. Lo que Johnson crea como un relato breve y conciso, ya se separa por si solo de ciertas aristas del Western tradicional, puesto que argumentalmente, el choque de realidades dentro del relato, encarnadas en los personajes de Tom Doniphon como lo local y Ransom Stoddard como lo extranjero, y la unión de ambas en una relación ambigua de reconocimiento mutuo que incluye tanto aceptación como tensión, no están configurados como la competitividad usual entre lo nuevo y lo secular, en que uno de estos necesariamente desintegra al otro. Bajo este panorama, la mayor hazaña de Ford está en el desarrollo del personaje de Tom Doniphon, quien representará la evolución de la tradición, sin la pérdida de la esencia misma.

Lo que también resulta relevante en esta obra es la diferencia entre el personaje femenino fordiano con la mujer del Western tradicional. No es de sorprender que en este aspecto la incidencia de Johnson fuera de gran relevancia. La autora norteamericana es reconocida por una postura visionaria en cuanto al rol femenino en sus obras, siempre ligado al mundo del Western y al folclor. Una de sus obras más relevantes, Buffalo Woman, está articulada desde la visión y la voz de una habitante india de Colinas Negras, abriendo paso a la representación de “escuchar” a la protagonista en un territorio en que este tipo de relatos está dirigido a un público poco familiarizado con la figura de la mujer. El musical, género nacido en 1924, en este aspecto, fue por un largo periodo de tiempo encargado de encarnar el prototipo de fémina “o dramática o comediante”, como un estereotipo más que como un personaje profundo por sí mismo, cuya voz estaba particularmente destinada al canto. Este patrón predominante, especialmente antes del cine sonoro, y que aun en nuestros días deja sus problemáticas en relación a la lucha por la igualdad de condiciones entre hombres y mujeres, es derribado 38 años después de su aparición por el Western Fordiano, donde existe uno de los primeros indicios de la relativización del género, palpable en la cercanía que se da entre de lo femenino y lo viril o lo considerado bárbaro. De esta forma, mientras vemos en un extremo al sonido como el causante de la incorporación de lo femenino al cine, desde una arista primeramente estética como resulta ser la música, Ford, por otra parte, se sirve de este recurso sonoro para configurar un nuevo tipo de hombre ambiguo, más vinculado a su emocionalidad y a la expresión de esta a través de diálogos y entonaciones más elaboradas, al mismo tiempo que estos aportan para la reafirmación del carácter decidido y temperamental de la mujer.

Con todo lo que ha sido mencionado, podemos observar en la figura de Ford y en su obra,  tras un análisis más concreto de ella, cuan esencial es el rol del director a la hora de proponerse – como espectador– llevar a cabo una correcta valoración del mundo del cine y de sus productos finales. En una época en que el capitalismo impera en la obra artística, fílmica y literaria, con la mayoría de sus gestores centrados en el placer de la ganancia, la creación de obras vacías de significados y misterios atrofia la mirada crítica del espectador (que sería más acertado denominar consumidor, dadas las circunstancias), tanto popular como “intelectual”. La obra de arte, en todos sus múltiples formatos y variantes, depende exclusivamente de quien se encargue de otorgarle su forma final antes de ser expuesta en un mundo a cada paso más indiferente por la genialidad de ensamblar con armonía, paciencia e ingenio, una bella forma y un buen contenido. 

Artículo por Sofía Pradel Muy Interesante !