Artículo
DELL’ANDARE FACILE… al cuadrángulo de los sueños

J.I. Corces


(en el Santiago de los sesenta)

En tiempos del mudo aquí lo llamaban biógrafo; con el sonoro, teatro;

y algo tarde, con las multisalas, cine…

Estoy en la plazoleta de Valentín Letelier en Santiago, es el año 1967 pero no puedo saber si estoy vestido con el uniforme de colegio o si voy de paisano. Tampoco tengo claro si es otoño, primavera o invierno, y no creo que pensara que 52 años después iba a estar escribiendo lo que ahora voy a contar. Camino ahora hacia la calle Moneda y doblo hacia el oriente, la plaza de la Constitución y también la Casa de Gobierno. Sigo por la vereda de La Moneda o tuerzo en diagonal la plaza. Lo mismo da. Al norte ahora, por Morandé, está el Gran Palace, y continuando por Moneda hacia Bandera, tengo tres: a la izquierda el Metro, si sigo recto el Windsor y a la derecha el Bandera…

Esos caminos los vengo haciendo hace años. Por lo menos hace cuatro. De cuando mis tíos y mi abuela vivían en el centro y yo tenía patas para aventurarme solo por el diurno céntrico. Además del fútbol y el café Santos, de los juegos Diana abajo de Unión Central junto al City y al York, del café Paula de la galería España o el cercano al Ducal y el Teatro Municipal, de las vitrinas con zapatos y perfumes (Mingo, Flaño…), de Los Gobelinos o A la ville de Nice, del Chez Henry o el Waldorf (al piano Roberto Inglez, pone), la pastelería Tout-Paris, El Pollo Dorado, el club de jazz Nahuel, el Tap Room, el Bim Bam Bum, los teatros-teatros: el Antonio Varas (de la Chile), el Camilo Henríquez (de la Católica), el De la Comedia (Ictus), el Petit Rex (Compañía de los Cuatro), el de Américo Vargas y Pury Durante o el de Olvido Leguía y Lucho Córdoba… en mi generación habían 38 razones -teatros (así se llamaban los cines entonces) convertidos en dilatadores de sueños- para caminar por esas cuadras rodeadas de construcciones de cemento, galerías e iglesias entre la plaza Italia, Teatinos, Santo Domingo y la Alameda. Y más si cuento los teatros cercanos a mi colegio: Alcázar, Novedades, O’Higgins, Carrera, y otros más lejanos. En galerías estaban el Gran Palace, Windsor, Astor, España, Imperio, Pacífico, Tívoli, Huelén, Plaza, City, York, Roxy, Nilo, Mayo, Capri, Cinelandia y…

“Marcelino pan y vino”, de 1955, que se debe haber estrenado dos años más tarde y de la que debo haber visto -calculo que unos 50 minutos-, es la película de la que primero tengo recuerdo. Fue tanta la impresión que me causó la imagen del niño frente al enorme crucifijo ahí arriba, que salí arrancando de la sala… al igual que él. Igual que cuando llegaba el tiempo de ponerse las inyecciones de entonces. Y ese miedo que adquirí me salió caro. Estuve al menos un año sin volver a entrar a ver una película, pero a partir de ahí, ha sido largo el recorrido. La memoria me aproxima “El niño y el toro”, “Tonka, el caballo salvaje”, las películas de Disney en vertiente animada o con actores, distintos héroes griegos avistados en Roma con pasaporte norteamericano…

En el colegio, los curas programaban en el salón de actos películas (en 16 mm.) de Tarzán con Johnny Weissmuller y Gordon Scott (y quizás también con Lex Barker). Eran las mejores tardes, porque antes de subir las escaleras mirábamos fascinados los peces rojos y anaranjados que buceaban sobre los mosaicos azul, blanco y celeste de la pileta decorada con grandes plantas por el hermano Juan, como un preview del escenario que reflejaría el telón iluminado con los gritos, saltos y vuelos por las lianas del hombre mono… Al inicio de los sesenta, la caminata nos llevaba -éramos cuatro primos- al teatro Las Condes, donde nos esperaban las “tonteras” de Abbott y Costello, señoras malvadas como Bette Davis o Alan Ladd en “Casaca roja”. Y con nuestras mamás y tías, íbamos al centro a ver colosos míticos y cosas como “La noche de las narices frías”. Hay que decir que en Chile como en muchos lados, las películas invernaban años y hasta décadas en bodega de las distribuidoras, por lo que se reestrenaban continuamente, permitiendo así que distintas generaciones las pudieran ver a cualquier edad permitida.

Superponiendo años, la caminata la hago solo y en más de una dirección. A ciencia cierta, son dos: una es la que circunda el centro a paso real y expectante, en que las sorpresas aparecen emboscadas en cualquier momento; la otra convive con el esfuerzo de la memoria y a veces tiene su propio camino… Aquí al frente tengo todavía a Sean Connery como 007 en la entrada de los cines Central y Huérfanos. Es de cartón, creo que mide algo cercano a los dos metros y consiste en una imagen ampliada y recortada (display) en base a un afiche original. Elegante y erguido, nos contempla resueltamente mientras abajo suyo un grupo de bellas jóvenes lo tocan o elevan su mirada hacia él. Similar es el caso de un rubio Peter O’Toole con el sable en lo alto a la entrada de la galería Gran Palace. Otro día, al torcer en Moneda y entrar en la galería Aníbal Pinto, hallo a Tony Curtis y Yul Brynner enfrentados en otro relieve de cartón de grandes dimensiones, justo antes de la boletería del Windsor. Son el hijo y el padre que rivalizan en “Taras Bulba” (y que a la época, no sabía que venía de la obra de Gogol). O Paul Newman a la entrada del Rex haciendo de Hud el indomable, con su depurada pose de rebelde respaldada por el Actor’s Studio, o la resuelta Jane Fonda con una pistola en cada mano y los jeans mejor embutidos de todo el planeta, previniéndonos ante el vestíbulo del Ducal.

El movimiento era centrípeto y luego centrífugo. Salía de cerca de La Moneda o alrededor del cerro Santa Lucía, o a partir de la Alameda o la plaza de Armas. Cualquier día, cualquier mes salvo alguno del verano. Desde 1967 en adelante y antes, a partir de 1962, más de algún día de la semana… y los domingos, o muchos domingos, con mi papá y hermano, al Baquedano. Era el común denominador: la sala oscura con olor a tarde completa y el pequeño Audie Murphy apareciendo a lo lejos, entre los grados 25 y 37 de latitud norte y 97 y 122 de longitud oeste, en cierto punto de un cuadrángulo (el llamado ‘western’) en Estados Unidos, como el de la pantalla del cine frente a nosotros o la zona del centro de Santiago que describo arriba…

Ya está corriendo el riel. El de uno y su circunstancia, años sesenta en una capital con cerca de cien cines y casi cuarenta sólo en el centro (sin referencias a multisalas). Se puede imaginar más de una metáfora para intentar explicar e implicar a quien esto lee, amante o no del cine. Representar estas salas como vehículos de sueños. Barcos, trenes, aviones, los cuales esperan al pasajero anclados o estacionados en las calles Bandera, Huérfanos, Moneda, Agustinas, Compañía o Estado. Las galerías donde muchos se encontraban eran como los duty-free y los túneles de acceso en los aeropuertos, el último tramo antes de pasar por el control de entrada y luego adentro, ya en el vientre de la proyección o el arca hacia un viaje desconocido pero a la vez familiar. Las galerías donde giroscópicamente aparecían tiendas de discos, souvenirs, joyerías, relojerías, lencerías o calzado para damas, hasta alcanzar el display, las fotos y afiches de las películas, donde el eterno dejà vu del acto cinematográfico desaparecía otra vez cuando Elizabeth Taylor levantaba la cabeza y nos encandilaba con sus ojos, o cuando en un cine de la plaza Brasil asistíamos a un concierto de miradas salidas de la pluma de Patricia Highsmith. En versión francesa, con jóvenes de ojos azules, dorados...

Galerías o pasajes… para acceder a los cines City y York desde Agustinas había que sobrepasar una fuente de soda antes de descender en U por la izquierda. Y si se usaba la escalera de Unión Central con los lustrabotas “en pleno rodaje”, me parece recordar que había un acceso a la boletería del York después de pasar delante de los Entretenimientos Diana. Dentro de las galerías, estaban los cines a ras de piso como el caso del Windsor, Astor, España o Imperio, o en el subsuelo como en el Gran Palace, Pacífico, Plaza, o los ya citados City y York. Estaban todas esas galerías que vestían, perfumaban, decoraban y musicalizaban a los santiaguinos y visitantes. Hoy incompletas: las salas de cine, desde mediados de los setenta, han sido reemplazadas por sucursales de bancos, evangélicos y retail.

Muchas de las cosas que ahora digo no eran conscientes entonces. No cuando se tienen diez o quince años. No cuando el ansia es mayor que la espera, y los pasos avanzan más rápidos que el sol de media tarde y que los autos por las calles del centro. Los ojos, sin ver aún la película, advierten el talle de los peatones, los cambios de color en el semáforo o el término de los cuadrados en la vereda para cruzar a media calle entre carrocerías levemente detenidas y divisar al otro lado la marquesina con títulos como “Lawrence de Arabia”, “El Rolls-Royce amarillo”, “Espejismo” o “La noche de un día agitado”…

¿Por dónde seguir? ¿Qué película elegir primero y en qué función? ¿Qué censura tiene? ¿Se podrá sacar la entrada? ¿Me cortarán el boleto? Porque lo que no me puedo imaginar es no ir por el pasillo, no cruzar la puerta desde donde se ven las cortinas que ocultan la pantalla, y cuando las funciones son separadas, no tener el tiempo suficiente para alcanzar la butaca predilecta, sentarse y escuchar la música que al rato silenciará o irá declinando al tiempo que el timbre nos advierta del oscurecimiento paulatino de la sala. Las preguntas que me hacía y lo que pensaba a continuación era el pan de cada semana. Lo cierto es que no era raro que con otros parientes y conocidos tuviéramos que comernos las uñas por estar bajo la edad permitida, por tener entre uno y cinco años menos que la edad aprobada por los rostros y manos de la ley: del Consejo de calificación a los exhibidores. De quienes sólo conocíamos a la boletera o boletero, al que cortaba la entrada (el uniformado San Pedro de este cielo) y al final, en la boca de la ballena, al acomodador que ya había adivinado, con desdén o menosprecio, el susto por el que acabábamos de atravesar. Pero a veces éste no llegaba a vernos. De vuelta en la boletería, ya nos devolvían el dinero…

Casi todas las grandes productoras y/o distribuidoras norteamericanas -las llamadas majors- tenían uno o más cines en arriendo con diferentes niveles de exclusividad o en propiedad, como la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) que construyó su propio cine, el Metro, en Bandera esquina de Unión Central (a comienzos de los sesenta remodelado y pintado al interior con un fresco tono turquesa y una espléndida cortina que accionaba verticalmente) además del de avenida Pedro Montt frente al parque Italia en Valparaíso, costumbre internacionalizada que en otros continentes como Europa abarcaba a otros sellos como Paramount. En el Santiago de los años sesenta, bordeando la calle Huérfanos (la más generosa en cines) el Lido -por lejos el más ecléctico o “democrático”- era requerido al menos por Fox, Columbia, Warner, Artistas Unidos (AU), Leo Films, Lido Films y Selman; el Rex (con su arco del zodíaco sobre el escenario), por Paramount, Rank y Warner; el Victoria, por Paramount; el España, por Pel-Mex y Atalaya, entre otros; el Astor, por Universal y AU; el Central, por AU, Warner, Rank; el Huérfanos, por AU, MGM, Warner; el Pacífico, por Leo F., Star F.; el Gran Palace (con su formidable juego de luces laterales previo a la película), por Columbia, MGM, y alguna distribuidora local o soviética. Y en otras calles: el Windsor, por Universal, Warner y Select Films; el Ducal, por Columbia, Rank y Warner; el Imperio, por Select F., Rank y Fox; el Santa Lucía, por AU y MGM, principalmente; el Bandera, por Rank y FilmUnión; el Real, por Rank, Warner e independientes; el Santiago, por Pel-Mex y Paramount a veces; el Nilo o Mayo para películas soviéticas y otras…

La sensación era de equilibrio. Recapitulando ahora, se puede uno dar cuenta de que cada barrio estaba provisto con más de un teatro, y que como toda gran ciudad en aquel mundo, el centro de Santiago reunía cerca de veinte para estrenos, en un perímetro no mayor de ocho manzanas por un lado y otro. La visibilidad de buena parte de ellos era notoria ya que en esa época me parece que los teatros eran los únicos que podían colgar su nombre en vertical a una altura fácilmente identificable a distancia. En la calle Huérfanos, donde había unos catorce, era “bien visto” ser reconocido de lejos. Del Lido al Toesca habían siete cuadras, las mismas que del Cinelandia al Roma o Mistral en sentido norte-sur. Teatros construidos entre los años 20 y 60, en que alguno alcanzó a destilar la era muda y después oír la voz de Greta Garbo y Douglas Fairbanks. Y proseguir con Carole Lombard, Barbara Stanwyck, Bette Davis, Katharine Hepburn y Joan Crawford vistiendo faldas más o menos largas o pantalones anchos al uso, y a Gary Cooper, Clark Gable, Cary Grant, Robert Taylor o Spencer Tracy desplegando su mejor sonrisa, pícara o irónica, a su paso por los años treinta y cuarenta. De Europa “cruzaban” sobretodo británicos y franceses como Vivien Leigh y Laurence Olivier, Jean Gabin y Michèle Morgan, Maurice Chevalier o Claude Rains, y de vez en cuando alguien tan especial como Peter Lorre…

La memoria es discontinua y el año del Mundial en Chile nos fuimos, por un revés de fortuna, a vivir a la calle Bulnes cerca de la plaza Brasil. Este hecho promedia mi reacción futura ante el cine. Ese barrio contenía varios teatros donde vaciar el destino o la fuga del porvenir. Es lo que hacemos todos con algo, dándonos cuenta o no. En mi caso tenía mucho de suplir el presente imperfecto por un tiempo ilimitado, abandonado en cierto paraíso. Ficticio, claro, pero fantástico, justo en el punto donde se encuentra la idea de Fellini en que la fantasía se torna más real que la propia realidad. Ahí me puedo presentar las veces que quiera, sacar la entrada a un Olimpo que mira un mar de butacas en platea baja y alta, reanimado por el reflejo de sus dioses y paisajes en nuestra cara, felices pasajeros… Si reuniéramos todos los gestos que hemos aportado a esa visión desde aquel día en el Salón Indio parisino, formaríamos la mueca más completa de la historia humana.

Alcázar, Novedades, O’Higgins, Carrera, y más cerca de Matucana, Madrid, Alessandri, Alameda… Programas triples, ¡triples! Tres de Brigitte Bardot, tres de Elvis Presley, tres de John Wayne… Los bienaventurados teatros de barrio de los años cincuenta y sesenta, llenando el mar rojo de las emociones y separando en géneros las aguas narrativas. La rubia pasea moderna ante las convenciones, el asalariado de la voz cantante enamora a las chicas, y el grandulón, antes de prender un cigarro, reparte tortas. ¿De qué color tenía los ojos Zeus? ¿Cuál era la talla de Afrodita? ¿Cómo era el espacio donde descansaba Ares? ¿Dónde está la cabeza de Atenea? Todas estas cosas el cine las ha buscado a tientas y encontrado a menudo. Nos ha dado a elegir y hemos cambiado de preferencia con el tiempo y las nuevas promesas. Hemos perdido y ganado personajes. Quiero decir, actores y personajes. Hemos visto Roma arder, salir a Aquiles del caballo de Troya, nacer reyes y atravesar sus palacios o esclavos desconocer el umbral de su origen, pistoleros rumbo al duelo interrumpir el tráfico de carretas y niños con tirantes, azafatas de vuelo levantando el brazo y saludar, generaciones que escapan por una escalinata y son alcanzados por las balas en los confines de Occidente, una sombra estatuaria -toda orejas- desplegada en una embarcación, niños en el terraplén y motocicletas en la carretera, y una mujer agitada, intranquila, que mide su espacio en cada lugar…

¡Ah, los caminantes y su andar! El elegante como Grant y el oscilante como Fonda, el arremetedor como Wayne y el ligero apisonador como Mitchum, el desarticulado como Belmondo y el aquejado como Mastroianni; la felina, la “bis-bis” y la altanera, la encantada y la denostada, rubias, morenas y pelirrojas de Sebastopol a Texas y de Edimburgo a Santiago, de Garbo a Sarli y de Kerr a Lamarr… ¡Y las voces! La de Burton y Marvin, Vitti y Félix, Mason y Smoktunovsky, Moreau y Kyô… ¡Y tantas parejas! Una o más veces Astaire-Rogers, Grant-Bergman, Tracy-Hepburn, Loren-Mastroianni, Mitchum-Russell, Delon-Cardinale… o Ullmann-Andersson y Lemmon-Matthau… ¡Y las visitas! Jane Russell canta en el Waldorf a fines del año 60, más tarde Vittorio Gassman hace “Kean” en Santiago y Viña, Alain Delon es traído por la Metro para promocionar su último film, y la radio Magallanes tiene “Cine en su hogar” todos los domingos a las 10 de la noche.

Y hemos visto las ciudades más visitadas (no parece casual que sean donde empezó el cine), Nueva York y París, y las menos, Tombuctú y Shangri-La. Saltamos al último témpano de Alaska y de la Antártida. Circulamos con sigilo por los senderos más angostos y escarpados de los Himalaya, los Andes y Alpes, cruzamos los Pirineos y los Dolomitas, acompañamos al fuego y el viento de pampas y estepas, vimos correr fascinados sangre continental y marina, de peces y animales, del hombre y mujer víctima y verdugo. No importa. Afuera nos espera un café helado o un café y un cigarrillo. Y el recuerdo presente de una historia… con tres títulos de David Lean culminando el largo viaje del cine “con la música a otra parte”: la despedida con el silbido de “El puente sobre el río Kwai” (1957), la trascendencia del espacio abierto con la orquestación de “Lawrence de Arabia” (1962), y el último hálito romántico con el tema de Lara en “Doctor Zhivago” (1965, con los rostros de la inglesa Julie Christie y el egipcio Omar Sharif como finis terrae ante la posmodernidad). A fines de la década, ya otra época, viene Kubrick y “2001: Odisea del espacio” (1968), que a través de la citación secuencial del “…Zaratustra” de Richard Strauss cambia el modo de afrontar la música en el cine (no es casualidad que ese mismo año “El graduado” sea hasta cierto punto la puesta en escena de los temas creados, ex profeso, por Paul Simon). Al año siguiente, 1969, “Busco mi destino” da otro paso concentrando en su banda sonora una parte cardinal del mundo del rock (Steppenwolf, Hendrix, The Byrds, The Band, McGuinn-Dylan, etc.,).

El cine nos hizo aprender a leer rápido y creo que esto ocurrió hasta fines de los sesenta cuando la televisión se instaló en cada vez más casas en Chile. La televisión que suplió los subtítulos por el doblaje. Antes de esto, pasamos de escuchar a gatos y ratones, y también pájaros, perros y caballos, a leer una cuarta parte, la mitad, una y dos líneas de subtítulos y además ver a Romy Schneider y Karlheinz Böhm haciendo de Sissi y Franz Josef con un castillo y un cielo despejado detrás de ellos. Costumbre nuestra que en Europa y otros países nunca prosperó. Allá Humphrey Bogart y Marlene Dietrich hablaban en el idioma nativo de cada país. ¿Sería que los gringos querían que aprendiéramos inglés? ¿Y los franceses, francés, los italianos, italiano, los nipones, japonés, y los soviéticos, ruso? Vaya uno a saber, pero las cosas pasaron así… y el cine además nos enseñó a mirar de un lado a otro. Hasta 1953 uno tenía al frente, más cerca o más lejos, casi un cuadrado (1: 1.33) enmarcado en una película de 35 mm. Luego apareció el CinemaScope que duplicó y más el ancho de la imagen (hasta 1: 2.66) y sobre la marcha arribaron proporciones intermedias: 1: 1.85 y otras. También el Todd-Ao, con película de 70 mm. y relación de aspecto 1: 2.21. Al haber nacido cerca de ese año, me resultó natural comenzar a ver películas en prácticamente todos los formatos, aunque el 3-D quedó en la bitácora ajena del viaje…

Aquellos teatros y aquellos cines ya no están. Y tampoco los pioneros interatlánticos, los documentalistas ingleses, la vanguardia berlinesa, el cine-ojo y otros soviéticos, los expresionistas alemanes, los surrealistas, los del realismo poético francés, los maestros japoneses, el film noir norteamericano, los neorrealistas, el free cinema, el underground, y la nouvelle vague, el cinema novo, el nuevo cine alemán… todos los que contribuyeron o pasaron por las salas de cine del mundo hasta el advenimiento de la posmodernidad yacen en las cinetecas y colecciones digitales particulares. En apretadas sesiones diarias o cerca de la cocina y el baño. En 16 o 35 mm., en VHS o Blu-ray, en orden alfabético, por género o director, país, fecha o al tuntún. El andar con entusiasmo que rodeaba las esquinas y encontraba las mejores preguntas en esas salas de todos y de nadie, se vuelca ahora en la memoria del ojo como una estrella distante.

Rememorando el paso por los años sesenta en que mi generación fue reemplazando estrellas por directores como referencias. Fade-out de Steve McQueen a fade-in de Jean-Luc Godard… El fin de la década con mayo del ’68 y el hombre en la luna…

 

Artículo Por J.I. Corces Muy Interesante !